La sutileza de una caricia, la complicidad de una mirada, la energía de un beso apasionado, la ternura de un beso reposado, la simplicidad de una palabra, la agonía de un desencuentro, la herida lacerante de la duda, el dolor de la partida, la tristeza de la despedida… ¡cuántos sentimientos dormidos! ¡Cuántas emociones titilantes esperando por el destello flagrante del despertar! ¡Cuántos mágicos momentos perdidos que buscan resucitar! Y… ¿qué más? Está todo, lo tienes todo… tonta, mil veces tonta, lo has tenido todo en la vida y lo dejas ir como agua entre los dedos, te caes, te duele, te paras, lloras, reclamas, das lástima… y cuando llega alguien a tenderte la mano sincera y quiere ayudarte ¿qué haces? Lo dejas… permites que se instaure en tu corazón y en tu mente el maldito bicho de la incertidumbre, situación que te conduce al fracaso, a la soledad, a la traición, al inicio, al retorno del punto cero de este horrible círculo vicioso.
Sonó el teléfono… este ruido rompió de un golpe la reflexión que me hacía cuestionar las recientes acciones -¿con la señora X?- “Sí, con ella” respondí, aun inmersa en un sinnúmero de pensamientos. –Soy el corredor de propiedades- me dijo una monótona voz al otro lado del auricular; cuando lo escuché, sentí que la sangre dejó de correr por mis venas, me paralicé. “dígame” respondí, con un hilo de voz que apenas logré oír yo misma. –Llamaba para decirle que he encontrado una casa que cumple con sus requerimientos y se ubica en los alrededores que usted me señaló, en el centro de la ciudad– ¿Miedo? ¿Confusión? ¿Angustia? Temor al despegue. Ha llegado tu hora, debes tomar una decisión, miles de cuestionamientos atravesando mi mente, mientras el corredor aguardaba en silencio al otro lado de la línea. -¿Aló? Disculpe señora, me gustaría saber si está dispuesta a acompañarme y visitar el lugar- ¿Visitar el lugar? ¿Qué lugar? ¿Para qué? ¿Es necesario? Un sinfín de dudas acudieron a mi mente, salir del nido; volar, pero un vuelo distinto, esta vez solo con mis propias alas, lejos del manto sagrado filial que me protege a diario… -¿Aló? Señora… ¿me escucha? ¿se encuentra ahí?- “ehhh…. Sí, sí, disculpe…. “Dígame el lugar y la hora” fue lo único que pude decir, -La espero a las seis en mi oficina- “Ok. Ahí estaré”. Desorientada colgué el teléfono, miré mi reloj, es decir, el reloj de la casa paterna…. Eran las tres.
Recién las tres, aun me quedaba tiempo para pensar, para repensar aquella decisión que después de una acalorada discusión había tomado; decisión que tenía que llegar en algún momento y que con doce años de atraso estaba tomando. Me recosté en mi cómoda cama de hogar familiar, que día a día mi madre mantenía impecable, en aquél dormitorio amplio y sobriamente decorado, con sus paredes blancas, la cama con el cobertor de flores rosas, los cuatro importantes muebles que la rodean, closet, veladores, cómoda y escritorio, las cortinas oscuras que provocan que en la noche sienta más angustia y temor a las sombras, la repisa con mis muñecas y peluches de infancia, el televisor cuyo control remoto no funciona, la alfombra azul y la imponente tortuga que simula un asiento para niños; intenté pensar, sin embargo, una nebulosa se fue instalando en mi mente, dejé de ver, dejé de escuchar, dejé de sentir… me vi niña, disfrutando de una tertulia familiar, en el patio de mi casa, donde mi hermano menor y yo jugábamos a tomarnos fotos, con una cámara de la época, es decir, principio de los 90, donde no podíamos ver si la imagen que habíamos captado era la adecuada, por lo tanto, nuestra genial e infantil idea era captar y captar distintas tomas y esperar pacientemente hasta que mi madre las llevara al revelado; mi hermano en su bicicleta, por primera vez sin sus rueditas de apoyo, avanza, cae, y yo capturo la imagen, avanza y vuelve a caer, reímos, más fotografías, se acerca a un barranco y no reduce la velocidad… ¡¡¡¡Goordo!!!!, (así le llamaba de niño, a pesar de que hoy a sus 28 años luce muy delgado) ¡¡¡Goooordo, no sigas!!!! Corro tras él… no se detiene, no alcanzo a llegar y lo veo desaparecer en una agónica caída al precipicio, me despierto de un golpe, con el corazón a punto de salirse de su sitio, recuerdo la llamada telefónica, miro la hora, son las cinco.
Me queda una hora para enfrentar mi nueva realidad, decido que es hora de que ese espacio de descanso me suelte, entro a darme un tibio baño, que calme y refresque mi mente, que me otorgue la paz para acudir con la frente en alto a aquel encuentro, busco algunas prendas de ropa cómodas, mi bolsa, mis llaves, mi teléfono; pongo en marcha el motor e inicio el camino hacia la oficina del corredor, don Patricio.
Llego al lugar indicado, me estaciono y vuelvo a cuestionarme si estoy haciendo lo correcto, lo esperado, lo que quiero. “Ya estoy aquí”, pienso. Subo hasta el sexto piso, lugar en que está la oficina, toco el timbre y una aguda y fría voz me invita a pasar y sentarme, debe ser su secretaria, reflexiono. Don Patricio sale de su despacho y nos encaminamos en su vehículo hasta el barrio en que se encuentra “mi” futuro hogar; Siento como mis piernas están débiles, tengo náuseas, todo da vueltas, por fin llegamos; antes de bajar lo dudo, él amablemente me pregunta si me siento bien, tomo aire y desciendo del auto, “no se preocupe, estoy bien, vamos”.
Entramos al condominio, una tropa de casas blancas que parecen marchar, todas igualmente uniformadas, dispuestas de la misma forma, con un sombrero de tejas color marrón que las cubre y las protege. Llegamos a la tercera casa y me dice: ésta es. Entramos, sin duda es lo que siempre quise como mi casa, cumple mis expectativas, me imagino viviendo en ella, la disposición de los muebles, estoy feliz. Miro con una radiante sonrisa en los labios al corredor y le manifiesto mi agrado y la decisión de quedarme con ella. ¿Cuándo quiere cambiarse? Me pregunta. Mañana mismo, le respondo. OK. Estará todo dispuesto para mañana a las doce del día. Volvemos a la oficina y me devuelvo a casa, pensando e imaginando mi nueva vida, tranquila, independiente y por sobre todas las cosas “libre”.
Instalada en la casa paterna pienso en todo lo que tengo que hacer para poder cambiarme, ¿me llevo todo?, Sí, si dejo algo acá es como estar preparándome para el fracaso de mi “supuesta independencia”, para el regreso. Pienso en organizar mi tiempo, son ya las ocho de la noche, tengo toda la noche para empacar; estar de vacaciones siempre me ha otorgado tiempos nocturnos extras, en que hago todo aquello que no alcanzo durante el resto de los agitados meses en que me desempeño como profesora de tiempo completo, en el colegio y también en casa, y que esta noche ocuparé para ordenar y empezar el cambio de mi vida. Comienzo por comer algo, llevo mi coca cola al dormitorio, que es por donde daré inicio, saco las maletas y me sumerjo en esta actividad que tantas sensaciones causa en mí.
Me parece escuchar su voz, que me dice, vamos a vivir solos, intentemos formar nuestro propio hogar… nos hará bien… nunca quise escucharlo, ¿un error? No lo sé, solo sé que fracasamos juntos y que no fui lo suficientemente valiente para intentar esta estrategia de salvación en nuestra desgastada y fatigada relación.
Maletas y cajas de cartón dispuestas para empezar a empacar. Con una mezcla de angustia y de complacencia comienzo a sacar mis cosas de su sitio y a clasificar, empiezo por guardar mi ropa cotidiana, sigo con aquella que no tiene un uso habitual. Encuentro mi vieja chaqueta beige de lana, con aplicaciones de cuero; mi abuelo me la regaló hace 19 años; yo tenía 16 y la vi colgada en aquel galpón de ropa de segunda mano, él, un viejo sabio, vio mi cara de emoción; por esos días yo visitaba su casa, estábamos en familia tomando once, mi abuelo entró con una bolsa negra, me la entregó con una sonrisa tan amplia que le elevaba sus bigotes, ¡Sí! Era mi flamante chaqueta, hermosa, la mejor de todas, no sé cuanto la usé, tal vez muy poco, pero el regalo fue muy significante. Junto a esa chaqueta encontré mi sweater de lana natural color rosa, muy amplio y largo para mi porte y contextura, pero me lo había tejido mi abuela, la Pitita, en sus buenos años, ella fue la mujer más maravillosa que he conocido, sacrificada, llena de cosas buenas para entregar, siempre estuvo conmigo aunque nos separaban 600 kilómetros, ansiaba que llegara un fin de semana largo o las vacaciones para tomar un bus y largarme a su casa, la casa de mis abuelos, donde era mimada en exceso, con deliciosos platos de abuelita, como olvidar aquellos ñoquis, empanadas de pino, fritas, de queso, ufff…. Recordando todo esto empecé a buscar aquella carta que le escribí y leí en el día de su funeral, volví a leerla muchas veces…. Si estuvieras conmigo, sería todo tan fácil… junto a aquella triste carta de despedida encontré otra que le había escrito el año pasado, después de dos años de su muerte, quisiera volver a leerla mientras siento que me acurruco en sus brazos… ("PITITA".... Después de dos años.... Cuando en aquellos días me mirabas con la profundidad de tus preciosos ojos grises, ya marchitos por el correr del tiempo, supe que estaba acercándose el tiempo, pero también sabía que no sería un adiós, sino que iba a ser un hasta pronto... Quise retenerte, tomarte con mis manos muy fuertes, pero tu tranquilidad, me consoló. Tú que eras, como una luz en mi vida, te fuiste apagando y no pude ayudarte...... Hoy hago memoria y percibo en cada parte de mi ser, todos los momentos felices que vivimos juntas PITITA. Quería dedicarte unas palabras, hoy quizás mi inspiración viene de Dios, y te siento tan cerca como cuando era niña, me hacías cariños en el pelo, o traía mis muñecas para jugar contigo
y hacerle vestidos nuevos, o simplemente me dabas un pedazo de tu masa para hacer mi propio pan en la mañana. Eres tan importante en mi vida, que casi no me había dado cuenta, hasta que entendí que ya no te tendré más así, porque ya no soy más aquella niña. Recurrí a ti, como refugio de mis penas, fuiste mi “cómplice” en tantas cosas abuela que solo nosotras sabemos. Recuerdo haber buscado tus caricias apoyada en tus hombros, que me hacían sentir chiquita, aunque ya hacía tiempo que había dejado de serlo. Tu amor, tu sensibilidad y tu comprensión sin límites me cautivaron. ¡¡¡Cuánto te quiero pitita!!! ¿Sabes? Recién ahora que ya no soy una niña, soy una mujer, entendí, que tus consejos me van a acompañar toda la vida. Nunca olvidare tu, "pitita"; así me llamaste siempre. ¡Cómo no oír esas palabras que repetías, desde cuando yo era pequeña! Has hecho una huella muy grande en mi vida, que no se podrá reemplazar con nada ni nadie. No quiero ser egoísta y sé que si Dios te vino a buscar, es para estar junto a Él, en un lugar mejor. La certeza que tengo en mi corazón de que estás con El Señor, con mi Pitito y con tu Negro me da mucha paz, pero igual sufro en silencio nuestra separación. Las cosas, la casa, la vida ya no es lo mismo sin ti aquí, a nuestro lado, balanceando y equilibrándolo todo. Nunca olvidaré ese gesto que hacías cuando te contaba mis rabietas o ante los problemas “tranquila.... va a pasar” me decías.... Cuánta razón tuviste... por algo Dios te concedió la bendición de vivir tus preciosos años y ver pasar ante tus ojos tres generaciones y tener en tus brazos a tus bisnietas. Solo lamento que no hayan podido conocerte un poquitito más, aunque sé que te recordarán, de seguro que nos encargaremos de que sepan que tuvieron una bisabuela maravillosa.... El dolor de mi alma, "Pitita" querida, será difícil de curar, no encuentro como sanarlo, pero Dios se hará cargo, seguramente el Señor te va a cuidar mejor que yo y que todos nosotros. Ejemplo de mi vida!!! La energía, la fuerza, la voluntad que tenías, me ayuda y me acompañaran en cada minuto. Siempre te sentiré tan cerca, como cuando mirábamos las fotos juntas en el sillón, o comíamos algo rico, o tejíamos, o como cuando nos sentábamos a tomar mate... Gracias por haber sido así, trato de hacer lo mismo con mi propia hija, para que conozca el significado y el valor de cada cosa, como tú me enseñaste a mí. Sé que voy a lograrlo, porque fuiste siempre mi gran maestra. Mujer de pocas, pero sabias palabras. Solo puedo dedicarte, estas humildes líneas, que seguro ya me hicieron lagrimear. ¡¡¡Abuelita querida!!!! Que Dios te bendiga y juntos, me den fuerzas para nunca fallar en la fe, para asegurarme que un día, estaremos juntas otra vez, para no separarnos más. Sé que estas pidiendo por nosotros, para que todos nuestros seres queridos, cuando nos llegue el momento, estemos junto a ti. ¡¡¡Amiga, maestra, consejera!!!. Tuve el privilegio de tenerte llenándome de alegría, acompañándome en cada pasito de mi vida. Elevo mi vista al cielo, y pienso en ti, hacia allí va este beso que te envío hasta donde el viento lo eleve. En estos momentos este calorcito que siento en mi corazón, me dice que estás a mi lado otra vez... Te quiero mucho abuelita y siempre te voy a querer, solo quería decírtelo. ¡¡¡Cuánto te extraño abuela, me haces mucha falta!!! MI Pitita querida TE AMO).
Las lágrimas desbordándose, buscando su imagen en mi corazón, recordando su abrazo contenedor que siempre me infundaba paz y protección. Te necesito tanto Pitita de mi corazón. Con este pensamiento me dirigí al baño, agua fría en el rostro y calmarme para seguir con mi labor.
Ya tranquila, sintiendo el calor y la presencia de mi abuela junto a mí, seguí empacando, detrás de unas cajas que revisaría más tarde encontré un viejo álbum de fotos, no pude resistir la tentación de ojearlo y miles de momentos del pasado, de mi infancia, se agolparon en mi mente y en mi corazón, fotos de los esperados cumpleaños, que eran celebrados con la gran tropa de primos, la familia completa se congregaba a celebrar lo que fuera, siempre había una excusa para estar juntos, pero los más recordados eran sin duda los cumpleaños de mi abuela paterna, la Mamita, todos juntos para celebrarle, inventábamos cosas que para nosotros eran muy especiales, los nietos, todos trabajando en equipo, le montábamos un show, con cantos, bailes; los más adultos disfrutaban al son de una guitarra y de un buen pedazo de carne. Mi mamita nos miraba con cara de admiración, aunque ella ya sabía todo lo que pasaría esa noche, simulaba su sorpresa, para no decepcionarnos y nos aplaudía.
Hoy, antes de la llamada del corredor la vi, con sus 86 años, aun activa, atendiendo el negocio que junto a mi abuelo formaron y quién muy joven producto de una enfermedad mortal dejó esta vida y ella quedó sola a cargo de esta empresa familiar, pasé a saludarla al negocio, su mirada cansada, su cuerpo pequeño, sus arrugadas facciones, sus artríticas manos, el color azul intenso de sus ojos redondos me hicieron ver que también ella partirá luego, Mamita no me dejes sola tú también.
Sigo mirando las fotos y después de recordar momentos maravillosos, en la última hoja del álbum encontré una rosa roja seca, recuerdo que tenía desde los 17 años, era el símbolo del primer hombre de quien me sentí enamorada, tuvimos una linda relación, que sumando y restando todo el tiempo que estuvimos juntos, duró cerca de ocho años, él me enseñó el valor de la familia y del hogar, con él entendí que con las personas que podría estar mejor era con mis padres y que el lugar que más seguridad me brindaba era mi casa. La lección me quedó clavada en el corazón, junto a todos los hermosos recuerdos que de él guardo, tal vez por eso todavía estoy en mi casa y me duele tanto estar dando este primer paso.
Dos cajas con recuerdos, cachureos que voy guardando y que ni siquiera sé porque están ahí, en algún momento fueron importantes, no quiero abrirlas, no sé que pueda encontrar dentro de ellas, podría retrasar mi tarea, sin embargo, la duda y la curiosidad se apoderan de mi. Indago en la primera de ellas, no puedo creerlo, encuentro la pulsera del nacimiento de mi único hermano, recuerdo perfectamente la madrugada en que mi padre me despertó para decirme que mi hermano o hermana quería nacer, eran las seis de la mañana, yo tenía siete años, pensaba en como cambiaría mi vida a partir de ese día, ya no sería la única, tenía que compartirlo todo, pero lo peor era sentir que tenía que compartir el amor de MIS padres, tenía sentimientos encontrados, mezcla de ilusión por la llegada del nuevo ser y celos por compartir lo que hasta ese momento era solo mío, aun no sabía si era niño o niña, yo quería niña, quería una pequeña bebé que reemplazara mis muñecas, a quien cambiar de ropa, peinar, jugar, ser su mamá. Me dejaron en la casa de mi tía, donde solo recuerdo haberme dormido, al otro día, recibí la fatal noticia, había sido un niño, no podía ser, tenía que hacerme de la idea de que apareciera este ser extraño en mi espacio y además aceptar que era hombre. Llegó mi padre a buscarme para ir a conocerlo, cuando llegamos nos encontramos con la sorpresa de que los niños no podían entrar al hospital, sin embargo, el portero que estaba tratando de armar un color de un cubo, fue sobornado por mi orgulloso padre que se jactaba de mi habilidad para armar este instrumento; le dijo: -¿lo sabe armar?- y el señor le respondió: “Estoy tratando”, mi papá me guiñó un ojo y agregó –mi hija lo arma completo- el señor me miró con cara de incredulidad y le dijo que no le creía, entonces sin dudarlo un segundo mi papá que es muy hábil le dijo: “Si ella lo arma completo, ¿usted nos deja subir para que conozca a su hermano recién nacido?”, mi corazón se llenó de emoción cuando el caballero aceptó esta negociación, con la seguridad que me caracteriza tomé el cubo y comencé con los movimientos estratégicos hasta dejar los 6 lados uniformados, cada uno con su correspondiente color. De esa forma conocí a mi hermano pequeño, era tan gordito, con unos tremendos ojos claros, mi mamá lo puso en mis brazos, me sonrió, me reconoció y decidí que no intentaría lanzarlo al río por el solo hecho de ser hombre, que lo amaría tal como si hubiese sido una niña.
Encuentro un sobre color rosa, pequeñito y arrugado, sin duda era alguna de las cosas que yo escribía cuando era pequeña, sin saber qué hacer, sintiendo que más recuerdos podían hacer trizas mi corazón, decidí darle un vistazo. Era una carta que yo le había escrito a mi papá, quien desde pequeña fue mi adoración, un viejo sobreprotector, de muy pocas palabras, pero con un corazón en el que no cabe más amor. En esa carta yo le mandaba un listado de juguetes que quería que me trajera después de su trabajo, pero lo más especial, era la forma que tenía de sobornarlo diciéndole: “Eres muy adorante porque tienes guigotes”, bastaba solo eso para conseguir todos mis caprichos con él. Y pobre de aquél que me hiciera daño, que nadie se acercara, que no sufriera; si de él hubiera dependido probablemente me hubiera puesto en una burbuja donde nadie pudiera herir mis sentimientos; cómo cambiaron las cosas siendo adulta, ni siquiera te diste cuenta papá, no te di la oportunidad de que me protegieras, todo el daño recibido lo viví sola y en silencio, estoy segura que de habértelo dicho podría haber sido todo distinto, pero no quería hacerte parte de mi fracaso ni de mi sufrimiento, siempre me consideraste exitosa y no quería cambiar tu percepción de mí; aunque sé que me equivoqué, hoy siento nuevamente que, aunque de otra forma, tus adorantes guigotes me siguen protegiendo.
Necesitaba tomar un descanso, tenía el corazón desgarrado, sentía como cada recuerdo me amarraba más a mi familia y a mi casa, son tantos los momentos vividos, tantas situaciones que me aferran a cada uno de los espacios de esta casa, la casa paterna. Un café y un cigarro, elementos vitales para relajarme. Me siento lista para seguir. Debiera cerrar la caja y seguir empacando, sin embargo, mi cualidad de autoinfringirme dolor en el corazón, me llevó a seguir descubriendo lo que allí había.
Apareció un sobre, con un papel blanco, escrito con un femenino lápiz morado, era una carta de una de mis primas menores, prima que por cierto ha sido fundamental en el proceso de mi vida, como olvidar su importante compañía en aquél periodo, tiempo de joven universitaria, cuando mi cuerpo y mi mente tuvieron un colapso, que el siquiatra amablemente denominó como “Surmenage”, “Señora, su hija ha tenido exceso de estudio, duerme muy pocas horas y además se alimenta muy mal; la enfermedad que ella tiene podría desencadenarse en hechos fatales, le recomiendo que la mantenga siempre vigilada, con reposo absoluto y siguiendo un estricto tratamiento”, después de tan angustioso diagnóstico siguió una sobredosis de medicamentos, que borraron dos meses de mi vida y que me mantenían durmiendo casi las 24 hrs. del día. Fue en ese minuto cuando mi prima, la Hicha, se hizo cargo de mí, siendo aun una niña; velaba mis sueños, me despertaba para tomar mis remedios y para comer, me conversaba de cualquier cosa, para ver si podía mantenerme despierta, se acostaba a mi lado y me acariciaba el pelo, tantas cosas que intentó hacer. La carta que encontré decía que ella siempre estaría a mi lado, que contaba con su apoyo y compañía incondicionalmente; era una niña, tal vez muy madura para su edad cuando me hizo este manifiesto, que hasta el día de hoy, cuando ya no es una niña, se mantiene, cada una de las promesas que en la carta se mencionan se materializan en acciones concretas, se han cumplido a cabalidad. Tal vez si hoy estuvieras ayudándome a empacar, el proceso sería un poco más fácil y es probable que hasta lo estuviéramos acompañando con un tequila.
Sigo escarbando en los recuerdos que esa cajita me va entregando, mi mano choca de golpe con un elemento que me presenta uno de aquellos momentos que no quisiera volver a repetir, ni siquiera evocar, sin embargo, estoy frente a ese informe de un examen de mi madre, donde inesperadamente diagnosticaban cáncer, me remonto al inicio de la enfermedad, aquella tarde en que mi padre trabajaba y mi mamá que era fuerte como un roble empezó a vomitar, sin poder detenerse, no sabía qué hacer, llamé a uno de mis amigos para que nos llevara al hospital, apenas la vieron la internaron, tenía mucha fiebre, hasta perdió la conciencia; estaba muy confundida, yo tenía 18 años, pero nunca había estado sin mi mamá y a cargo de mi hermano que apenas tenía 11. Durante ese tiempo aprendimos como era el terrible proceso de hacer un huevo frito, cocer un paquete de fideos, preparar una sopa en sobres, ahí crecimos y aprendimos a ser independientes, mi madre luchando por su vida, para no dejarnos solos, y nosotros luchando con la vida para aprender a sobrevivir sin ella. Me sentía muy sola, tratando de ser la “mujer de la casa” fuerte, tenaz, un soporte para mi padre y mi hermano menor, pero por dentro estaba hecha trizas. Finalmente, un examen tras otro dieron con el diagnóstico, sin embargo, mi madre que es la mujer más valiente que he conocido, luchó contra él, se sometió a cirugías invasivas, sufrió en silencio cada uno de sus dolores, siempre de la mano de mi papá; con esa tremenda fortaleza y optimismo está hoy junto a nosotros y mejor que muchos.
Cuanto deseaba en aquel tiempo que mi familia estuviera toda reunida en casa, y hoy mi hermano vive muy lejos de la casa paterna y yo me dispongo a marchar. ¿Qué pasó? Debemos asumir que es un proceso normal, pero ¿por qué tiene que ser un proceso normal la separación de la familia?
Cierro la caja. No quiero más recuerdos. No quiero que nada enturbie el proceso.
En la segunda caja que estaba completamente sellada con cinta, yo sabía lo que había, eran todos aquellos adminículos que guardé de mi matrimonio, los partes sobrantes, los recuerdos, las bolsitas con arroz, el menú, las velas, los canastitos con flores, los guantes y la liga que no tiré. No quise abrirla, los sentimientos que estos elementos me provocan van desde la ilusión que sentí en los primeros tiempos, cuando preparábamos todo para que mi matrimonio fuera el mejor de todos y se recordara por siempre, hasta la decepción que sentí cuando la relación entre ambos empezó a marchar mal y comenzaron los malos tratos, sin duda yo no estaba preparada para esta importante empresa, el vínculo duró casi cuatro años, no sufrió muerte súbita, su deceso fue lento y agónico. Ya han pasado dieciocho meses desde nuestra separación, proceso delicado y difícil, pero que, sin duda según nuestras condiciones fue la mejor decisión.
Terminar de empacar, ese es mi objetivo, pongo las cajitas de los recuerdos en una caja más grande. Guardo todo, me preparo para dormir. Antes de eso, observo mi dormitorio, un poco vacío, y en una esquina veo colgada una bufanda de pompones negros, blancos y grises. Fue un regalo que él me trajo, un día que nos íbamos a disfrutar de una tarde juntos, apareció con una bolsita sobriamente decorada, me la entregó, pero antes me hizo saber, que el gesto que tendría conmigo le daba vergüenza, como no, si llevábamos solo un par de semanas saliendo juntos. Ha sido mi apoyo y mi compañía en estos difíciles meses, sé que esta decisión nos facilitará los tiempos y espacios para conocernos y querernos. Fue un ángel que Dios puso en mi camino, para que me proteja y me cuide; es apuntado y juzgado, sin embargo, su único error fue haberme conocido, no tiene la culpa de nada y ojalá la gente, mi familia, entendiera que ha sido el motor que me ha impulsado para tomar decisiones vitales, que solo me ha llenado de amor y buenos tratos, que me ha hecho confiar nuevamente en las personas y me ha confirmado que estoy viva, que siento, que tengo la capacidad de entregar. Me gustaría hacerle saber ahora, que esta decisión también la he tomado para resguardar nuestra relación, tener nuestro espacio, agradecerle y ofrecerle mi amor y mi compañía.
Cierro los ojos, me duermo. Mis sueños están todos relacionados con cada uno de los recuerdos que tuve mientras empacaba; cada uno de los momentos aparece mezclado con otro, se entrecruzan y se tergiversan, se juntan y me piden que no los abandone, que me quede para siempre con ellos, en la casa paterna; es como un fantasma que me sigue, me envuelve y no me deja escapar, todos ellos se unen, se transforman y me atrapan. Quiero despertar, pero me mantienen en prisión.
Diez de la mañana, suena la alarma y de un salto todos los espectros me sueltan. Vuelvo a la realidad. Rápidamente y sin pensar mucho comienzo todo el proceso para la partida. Comienzo la carga del equipaje, me instalo en el auto, pongo en marcha el motor y sin mirar atrás, me voy. Quiero llegar justo a las doce, acelero, conduzco sin pensar, con Puerto Pollensa sonando en los parlantes, llego a una plaza, siento como mis piernas nuevamente comienzan a temblar. Diviso el condominio con las casas uniformadas, blancas, radiantes. Doy la vuelta, miro el reloj, son las doce.
Me decido a bajar del auto, siento que estoy delirando, entro en la casa, y llego a aquél dormitorio amplio y sobriamente decorado, con sus paredes blancas, la cama con el cobertor de flores rosas, los cuatro importantes muebles que la rodean, closet, veladores, cómoda y escritorio, las cortinas oscuras que hacen que en la noche sienta más angustia y temor a la oscuridad, la repisa con mis muñecas y peluches de infancia, el televisor cuyo control remoto no funciona, la alfombra azul y la imponente tortuga que simula un asiento para niños.













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